
Escribir quizá sea cada vez más sencillo: escribir para televisión, escribir para cine.
Esa escritura que observamos ante nuestros ojos y que cada vez, a pesar de ir a mayor velocidad y de producir cada vez más económicamente, se estanca en las formulas que un mundo vinculado por la tecnología y cultivado por el capitalismo, se enfrenta a una crisis creativa, o mejor dicho, a un condicionamiento intencionado de la creatividad. Aunque pareciera que en realidad sucede todo lo contrario, las herramientas, los procesos y las formas de producción se han reducido, se han optimizado y en esta batalla se han quedado solo algunas cuantas formas-procesos de creación de textos, imágenes, diálogos. Formulas altamente efectivas y muchas veces inadvertidas por las audiencias cautivas.
Digo que es más sencillo porque lo puedo sentir cuando me acerco a la televisión y veo un programa, cuando voy al cine a ver una película: las fórmulas son cada vez más uniformes, predecibles y estructuradas, de tal forma que únicamente cambian ciertos temas, pero en realidad, las conductas, las problemáticas de los personajes y el estilo de vida -o en su defecto, el anhelo de cierto estilo- pareciera conducir a un mismo punto, como si una sola mirada se estuviera erigiendo por nuestro tiempo y nada más, como si hubiéramos aceptado definitivamente y sin posibilidad de vuelta aquello que se consolida como el centro de nuestra vida (el cual no me toca definir a mi; cada quien tendrá un centro, pero cada vez, aspiramos más a lo mismo...)
En este punto no puedo dejar de pensar que por otro lado, es cada vez más difícil impactar los sentidos de las personas o bien impresionarlas, esto ante la acumulación que cargan de imágenes, diálogos y secuencias, las cuales van de algún modo acostumbrando al vidente de tal forma que ir al cine es cada vez más tedioso quizá; uno lo piensa cada vez más para irse a encerrar a una sala de proyecciones, porque seguramente ese diálogo, esos personajes o esa trama ya la vio en algún lado. Ahora preguntamos cada vez más por sugerencias, reseñas o bien, apelamos a una excelente mercadotecnia para considerar ir a ver un filme. El cine comienza a dejar de sorprendernos en su contenido, nos empieza a cansar. A pesar de esto, es evidente que existen públicos o audiencias que disfrutan de los guiones estructurados de acuerdo a características específicas de un público-consumidor, que disfruta sempiternamente de ver cada mes el estreno de la misma película.
Y por otro lado, el cine de arte o alternativo, sigue pareciendo aburrido a las multitudes, quizá por tratar de situaciones que engloban realidades alternas que aún conviven en nuestro mundo pero que no resultan hegemónicas -y por lo tanto se tornan indeseables-, quizá por tratarse de temas o tramas que implican ruptura de esquemas, exposición catártica ante realidades alternas pero a la vez convergentes que generan desde indiferencia hasta repulsión y se evitan a priori para evadir ese contacto con la realidad a través del cinematógrafo; es decir, al cine buscamos ir a no-pensar, porque esto se ha convertido en la principal característica de la diversión banalizada.
Es evidente la forma en que todo se ha ido adaptando, desafortunadamente, a características psicológicas que las personas en el mundo comparten de forma casi generalizada: deseo de consumo, diversión y nihilismo, que deriva en múltiples estados emocionales como inseguridad, necesidad de pertenencia, supervaloración de lo material y búsqueda de las emociones intensas y de corta duración.
Teniendo y conociendo estos elementos, escribir un guión cinematográfico no requiere más que una mente capaz de amalgamar cuidadosa y de forma que parezca una trama original y lúdica, teniendo como obligación ante su audiencia la de crear en algún punto la sensación de estar ante algo sofisticado, lo cual muchas veces es relacionado con lo intelectual a través de los modos y formas adoptadas por los personajes en los diálogos, considerado esto requisito indispensable en una época donde el intelecto debe ser celebrado como capacidad de socialización y por ende, poder.
A partir de pautas sociales reproducibles amplia y rapidamente y en buena medida lucrativas, comienza la selección de los temas y problemáticas que seguramente nos crearán una catarsis sin mayor tensión más que la generada por lo económico y lo social-aspiracional que se nos presentó, lo cual posibilita el intercambio de puntos de vista acerca de aspectos irrelevantes y deja abierto un hueco que pareciera llenarse inmediatamente ante el estruendo de la plaza comercial y las posibilidades que esta ofrece.
De esta forma, los filmes buscan afanosamente consolidar una fuerte identificación con lo que se proyecta y transmitir de forma contundente pautas, estilos y formas de interacción social, con alta capacidad de reproducción en diversos sectores sociales, o por lo menos en aquellos con la capacidad económica suficiente para ir al cine en nuestro tiempo. Y aquí está la clave para conocer a quiénes van dirigidos los mensajes creados por los grupos de poder mediático hegemónicos a través del cinematógrafo o la televisión de paga, al menos en países donde la brecha social es mayor –el caso de México-, discriminando a través de leyes económicas a los sectores sociales de menor capacidad; es decir, aquellos que poco interesan debido a su escaso o nulo poder adquisitivo, quienes únicamente tendrán la oportunidad de acercarse a estos productos comerciales mediante la imitación aspiracional directa a través de la observación cotidiana, o bien, acceder a los filmes por la vía de la reproducción ilegal, lo cual, paradójicamente, en nada favorece a las productoras mundiales.
Para concluir, no puedo pasar por alto la forma en que el cine es cada vez más un psicólogo de nuestro tiempo. No pocas veces he escuchado decir que se irá a ver cierta película porque quizá pudiera brindar un modus operandi de acuerdo a una situación que se vive, o por lo menos, un alto grado de identificación con lo que se supone esta trama tendrá como eje central. Esto, analizado con detenimiento, puede ser mucho más complejo y preocupante para la sociedad de lo que pudiera parecer. Estas conductas en cierta forma poco importantes en superficie, pudieran indicarnos claramente el modo en que las personas se enajenan o ceden por completo su pensamiento a los productos comerciales, permitiendo que estos amolden y condicionen ciertas conductas, y no en pocos casos, determinen los pasos a seguir ante una problemática real; es decir, apelar a esa realidad -ficción de la pantalla como guía ante la imposibilidad de realizar actos de conciencia individuales.
Así, cada vez más, los diálogos toman formas que sin darnos cuenta nos atrapan en dinámicas limitadas y delimitadas por los pocos posibilitados de penetrar una audiencia mundial.
Víctor Olivares Romano
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